«Señores Presidentes -se dirige a los presidentes de las Instituciones Europeas-: España tiene que hacer frente a un inaceptable intento de secesión en una parte de su territorio nacional, y lo resolverá por medio de sus legítimas instituciones democráticas, dentro del respeto a nuestra Constitución y ateniéndose a los valores y principios de la democracia parlamentaria en la que vivimos desde hace ya 39 años.»
En estos términos se refírió ayer el Rey de España, Felipe VI, al desafío independentista catalán que nos puede llegar a costar a todos los españoles, no sólo a los catalanes, esa prosperidad que íbamos recuperando poco a poco tras la crisis económica iniciada en 2008.
Mucho se ha hablado, subrayado y comentado en la tarde-noche del viernes sobre esta parte del discurso de Felipe VI en la ceremonia de los Premios Princesa de Asturias celebrada en el Teatro Campoamor de Oviedo. Sobre todo y ante todo se ha subrayado la referencia de Felipe VI a la legalidad, pero poco o nada se ha hablado del gran cuidado que el monarca ha puesto en explicar que en una democracia decantada durante 39 años, una democracia que nos «regalamos» a nosotros mismos todos los españoles hay cauces dentro del sistema más que suficientes para hablar y negociar de casi todo sin necesidad de destrozar la convivencia pacífica y las oportunidades de progreso de Catalanes y otros españoles de a pie.
Si analizamos el peso de la palabra legalidad en todo el discurso, y sin restarle un ápice de importancia, que la tiene y mucha, porque el respeto de la legalidad es el mínimo necesario para poder convivir pacíficamente, escuchamos de boca de Felipe VI párrafos enteros dedicados a hablar de colaboración, de éxitos y fracasos compartidos y de concordia, no sólo a nivel nacional sino europeo.

Frente a la división independentista que genera pobreza, aislamiento y dolor en todos los sentidos, el Rey ha situado a la democracia española del lado de la CONCORDIA constructiva que genera progreso en todos los ámbitos, también el humano.
Un discurso perfecto para llegar a un acuerdo con alguien enfadado pero que conserva la mente abierta y rige su actuación de acuerdo con principios democráticos. Pero completamente inútil, como se está viendo, cuando el receptor sólo defiende sus intereses personales o de facción contra viento y marea, sin tener en cuenta que el poder que ostenta no lo tiene en propiedad sino delegado, que ese poder que ejerce en realidad es «propiedad» del conjunto de los españoles y que cualquier ejercicio de ese poder que no sea para beneficiar al conjunto de los españoles carece de legitimidad democrática.
Imagen sobre el titular.- El Rey Felipe VI durante su intervención en los Premios Princesa de Asturias 2017. © Casa de S.M. el Rey
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