No me llames Barbie, llámame Bárbara

El lanzamiento de la Barbie Tokidoki el pasado mes de octubre en Santa Mónica (Estados Unidos) añade un “escándalo” más a la rica vida personal de esta carismática muñeca, ya cincuetañera.
La Barbie del pelo rosa, los tatuajes y el perro cactus verde pelopincho, de edicion limitada, ha gustado a unos y escandalizado a otros. Mucho se ha debatido sobre ella en pocos días, pero el hecho es que de un precio de partida fijado en $50 en la Barbie collectors store ha pasado a venderse por no menos de $490 una vez agotada en el fabricante.

Barbie Tokidoki con su mejor amigo. © Mattel.

¡Puro marketing!, puede que digan algunos con ánimo descalificatorio. Pues sí, de eso se trata. Lo cierto es que Mattel lleva conectando con el mundo de los niños, pero también con el de sus papas a través de Barbie desde hace más de medio siglo. Ese es el secreto de la longevidad de esta mágica muñeca y del milagro del business generado en torno a ella.

Varios detalles de Barbie Tokidoki, sus tatuajes y complementos. © Mattel.

La juguetera americana ha sabido convertirla en una auténtica mina de oro a escala mundial para todos los públicos -tambien para adultos-, con multitud de productos que van desde la propia muñeca a la ropa, los complementos, la cosmética, la automoción, los móviles, las tiendas tematizadas y un largo etcétera de productos y actividades. Eso es estrategia y marketing del bueno.

Aludimos al principio a la rica vida personal de Barbie. Mattel, en efecto, ha dotado a la muñeca de una peripecia vital similar a la de cualquier celebrity que se precie, a la vez que ha ampliado el negocio con otro personaje. Barbie se echa un novio “cachas” llamado Ken, que, por supuesto, hay que comprar para completar la pareja. Barbie se separa de Ken y corren ríos de tinta. Ken vuelve a conquistar a Barbie hace poco y el culebrón ha sido seguido hasta en vallas publicitarias por millones de fans.

Barbie Countess Dracula con su caja-sarcófago. © Mattel.

Para sus más rendidos enamorados, los coleccionistas, Barbie o mejor quizá la muñeca Bárbara, ha mostrado más de una vez y con gran éxito de ventas su yo “más oscuro”.
En 2003 fue Barbie Cat Woman, la firma Bob Mackie da con el punto nena mala y diseña una Madame du Barbie, una Barbie Charlestón, la Pepper Barbie una Barbie Circus y, por si fuera poco, una Barbie Countess Dracula, con colmillos y sarcófago a medida.

Barbie Cat Woman y Barbie Circus. © Mattel.

Y ahora que a Simone Legno, el alma creativa de la firma Tokidoki, le da por ponerle a Barbie unos inocentes tatuajes ¿se escandaliza todo el mundo?. Pues la chica ya tenía historia “de pecado” como para espantarse tan sólo por un par de tatuajes y un perro cactus con cara de malas pulgas.

Hasta no hace mucho el tatuaje suscitaba cierto rechazo en algunas sociedades occidentales. Se asociaba a marineros de vida azarosa, presidiarios y gente de mal vivir. Y el marketing de la multinacional del juguete, aunque moderno e innovador, siempre ha tenido un cierto componente conservador. Porque conservadora es la sociedad en general y sobre todo cuando se trata de productos dirigidos a sus niños.

¿La iniciativa de Mattel significa que el fenómeno tatoo ha dejado de ser marginal?
Podría ser. De hecho los Beckham no lloran precisamente por falta de tatuajes, especialmente la ex Spice Girl Victoria, que ha sido y es ídolo de quinceañeras.
Hace algún tiempo también que los del maestro japonés , Yoshihito Nakano, se estampan en los productos de moda Horiyoshi the Third (HIII) y se venden a peso de oro en tiendas alta gama.

A juzgar por el revuelo que se ha levantado podría pensarse que la multinacional del juguete ha ido esta vez demasiado lejos, pese a que la Tokidoki es una Barbie para coleccionistas. Pero no lo creemos, porque en el caso de Barbie los responsables de la compañía siempre han demostrado un buen olfato.
De hecho de la Barbie Tokidoki ya no queda ni una en la Barbie collectors store. No sucede lo mismo con la Barbie Sinatra.

Imagen sobre el titular.- Barbie Tokidoki. © Mattel.

Co autores del comentario: Manuel G. Carbajo y Eva González Fernández

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